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sábado, 21 de abril de 2012

La última...

Fue entonces cuando lo supo, cuando fue consciente de ello en su totalidad.
Y comenzó la cuenta atrás.
Ya no le quedaba nada que perder, ellos, todos ellos, ninguno merecía la pena. Ya no podía volar, le habían arrancado sus alas, estaba totalmente atada a la tierra.
Y aquella era la peor tortura de todas.
Sobre todo, para un ángel.
El viento sacudió con fuerza su vestido blanco, el cabello azabache, negro como la noche en la ciudad, sin rastro de estrellas, bailaba sobre su rostro húmedo por los rastros de lágrimas.
Y los segundos estaban contados por los latidos de su corazón.
No miró hacia abajo, sabía la distancia que la separaba del suelo, pero eso no le importó. Sin miedo, tranquilamente, puso el primer pié sobre la cuerda. Y lentamente, con el equilibrio propio que solo poseen esas maravillosas criaturas, comenzó a avanzar sobre la cuerda tensa, mientras abajo, muy abajo, los coches pitaban asustados, las farolas alumbraban las calles repletas de gente que entrecerraban los ojos para ver mejor, bares con música que no aguantaba entre paredes y viajaba con el aire. Todos, todos ellos, pendientes de quién era la que se balanceaba con los brazos extendidos sobre una cuerda floja.
Y en aquel silencio, los latidos de ella sonaron más fuerte que nunca. La luna brilló muda, contemplando absorta como aquella joven, desafiando al mismísimo cielo, avanzaba sin rastro de miedo, dejándose guiar por el viento.
Pero ella sabía que aquello, no iba a acabar como todos esperaban.
Por eso, cuando se paró en mitad de la cuerda y giró su rostro a las estrellas, todos, todos los que estaban abajo aguantaron la respiración. Alguien gritó, había varios sollozando, voces que intentaban sonar donde nadie estaba dispuesto a escuchar. Desde lejos, sonaron las luces de la policía, coches que venían corriendo como si pudieran evitar lo que estaba a punto de suceder.
Pero era tarde.
La cuerda se clavaba en la planta de sus blancos, suaves pies, pero estos apenas lo sufrían. El frío había calado en cada hueso de la joven, y su cuerpo se negaba a sentir nada, ni siquiera miedo o vértigo.
Alguien gritó que bajara, focos de luz la apuntaban desde abajo, alguien cogió un altavoz e intentó hacerse escuchar. Pero ella no podía bajar, sabía que aquello no podía ser así.
Que aquello, debía acabar cuanto antes.
Con delicadeza, toda la que podía tener en aquel momento, metió la mano en el cinto de su vestido y sacó un puñal cuya hoja mortal brilló a la inmaculada luz de la luna. Nadie comprendía que iba a hacer, pero todos sabían que no sería nada, nada bueno.
Entonces, ella cerró los ojos y escuchó atentamente, contando hasta el último latido. Intentó recordar cada momento por el que merecía la pena seguir viva, seguir luchando… y estos, por tanto, fueron agotándose. Al igual que su corazón.
Y fue entonces cuando, a la vista de todos, ella misma se clavó el puñal, arrancando gritos y sollozos de todos los de allí abajo. Iba a morir, ahora era cuando se desplomaba.
Pero no lo hizo.
Cuando retiró el puñal de su cuerpo, su respiración se volvió entrecortada. Le quedaba poco tiempo, pero sabía lo que tenía que hacer.
La sangre brotaba de su pecho, el vestido blanco se sacudió con el viento, mientras gotas de sangre lo iban tiñendo de su propia desgracia. Y mientras su cuerpo lloraba sangre, algo comenzó a brillar en su herida. Colocando sus manos con cuidado, sacó algo brillante y bello, algo que deslumbró a todos los allí presentes.
La joven abrió los ojos. Era el momento, casi no podía mantenerse en pié.
Con ambas manos acercó aquello al cielo, lo levantó todo lo que pudo, y en aquel momento salió disparado, como una flecha, hacia lo más profundo de la noche, llevándose consigo los últimos latidos que la mantenían en vida.
Y así todo el mundo levantó la vista al cielo.
Cinco…
mientras ella exhalaba un último suspiro
cuatro…
y su vestido se empapó de sangre
tres…
y el viento la sacudió con fuerza
dos…
y sus ojos se cerraron para siempre…
uno…
Y desde las alturas, el último ángel, aquel al que arrancaron sus alas, se desplomó desde lo alto, entregando su corazón al mismísimo cielo… donde una nueva estrella comenzó a brillar.
Nadie vio como la joven llegaba a ellos, antes de tocar el suelo, su cuerpo desapareció. Solo quedaron pequeñas gotas de sangre y junto a ellas, lágrimas del último ángel.
Aún brilla su corazón sobre el cielo, la estrella que guardaba en su alma. Solo el viento y la luna saben donde reposa su cuerpo, solo ellos saben a dónde escondieron sus alas.
Pero era el último ángel. El último.
Y nadie podrá comprender jamás por qué hizo aquello, por qué se entregó dejando su esencia como una estrella más, si nadie se para a mirarlas.
Aquella noche, después de lo sucedido, comenzó a llover con fuerza, como si el cielo llorase así la terrible pérdida.
Solo así pudo limpiarse el puñal que quedó en el suelo, mientras la sangre iba desapareciendo poco a poco.
Y ahora, en silencio, ella nos observa, su alma guarda silencio en lo alto del cielo.
Y a veces, llora.
Llora por lo que ocurrió, pero sobre todo, por lo que está ocurriendo ahora.
Por la terrible pesadilla que el mundo va viviendo lentamente, cada vez a más…
Sin ningún ángel que pueda despertarnos.
Hasta que sea demasiado tarde…


Escrito por: Alhara.

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